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Rob Kitchin y la vulnerabilidad de las smart cities

"Hackear una ciudad es algo muy real"

Tags: 'Data ethics' 'Hacking' 'Human centered technology' 'Public participation' 'Robert Kitchin' 'Smart Cities'

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Rob Kitchin es doctor en Geografía, profesor e investigador en el Instituto Nacional de Análisis Espacial y Regional de la Universidad de Maynooth. Actualmente lidera los proyectos Ciudad Programable (financiado por el Consejo Europeo de Investigación) y Plataformas para la Construcción de Ciudades (financiado por la Fundación de la Ciencia de Irlanda). Su trabajo toca varios campos relacionados entre sí como el software, big data, smart cities, internet y el ciberespacio.

¿En qué consiste su trabajo?

Como investigador me centro en cómo el software y los datos están transformando la gestión y el gobierno de las ciudades y cómo las tecnologías digitales transforman la vida diaria. Lo estudio fundamentalmente a través de dos proyectos de financiación pública, Ciudad Programable (financiado por el Consejo Europeo de Investigación) y Plataformas para la Construcción de Ciudades (financiado por la Fundación para la Ciencia de Irlanda). Ciudad Programable es un proyecto que investiga las consecuencias de adoptar las tecnologías de las smart cities y con el segundo nos ocupamos de la informática urbana y desarrollamos una serie de herramientas para visualizar y analizar los datos urbanos incluyendo información en 3D y tiempo real.

¿Por qué tenemos que ocuparnos de la ética de las smart cities?

Las tecnologías de las smart cities funcionan generando, analizando y actuando sobre grandísimas cantidades de datos. En muchos casos, estos son de naturaleza personal y tienen que ver con nuestras acciones y movimientos. Esta información se usa para una serie de funciones como la gestión, el gobierno y la clasificación predictiva de personas y lugares.

En otras palabras, hay cuestiones de poder, de mentalidad de gobierno (la lógica sobre cómo se gobierna una sociedad) y ciudadanía (los derechos de los que gozan los ciudadanos) en juego.

Los datos se pueden utilizar para seleccionar socialmente (puntuar y tomar decisiones) y señalar (excluir) personas de servicios públicos y privados, o empujar a actuar de determinada manera. En otras palabras, hay cuestiones de poder, de mentalidad de gobierno (la lógica sobre cómo se gobierna una sociedad) y ciudadanía (los derechos de los que gozan los ciudadanos) en juego. Esto lleva inevitablemente a cuestiones éticas sobre qué tipo de smart cities queremos crear y cómo se deberían configurar y regular las tecnologías de las smart cities.

¿Cuáles deberían ser los pilares éticos en la planificación de las smart cities?

Esta es una pregunta de difícil respuesta porque existen diferentes teorías sobre justicia social y ciudadanía, y el concepto que se adopta tiene un efecto en nuestra comprensión de qué es ético.

La noción de ‘soberanía tecnológica’ adoptada por Barcelona hace que el estado se comprometa con todos estos ideales en su uso de la tecnología.

Bajo mi punto de vista, necesitamos empezar a pensar en temas importantes como la igualdad, la justicia, la democracia, la transparencia, la responsabilidad, la participación, e insertarlos en el desarrollo de la tecnología y los programas de los gobiernos municipales, de manera que construyamos smart cities que sirvan primeramente a los intereses de los ciudadanos y que no sean simples estados o compañías. Esto lo refleja bien la noción de ‘soberanía tecnológica’ adoptado por Barcelona, por el que el estado se compromete con todos estos ideales en su uso de la tecnología.

¿Cuáles son los principales problemas de las smart cities en cuestión de privacidad y seguridad?

Los problemas más preocupantes en relación a la privacidad es que se captura una enorme cantidad de información sobre nosotros durante nuestra vida diaria, con frecuencia sin que nos demos cuenta ni lo consintamos y sin la posibilidad de impedirlo. Esto produce una serie de daños a nivel de privacidad dado que dicha información se puede utilizar para muchas cosas, y no siempre en nuestro interés. En términos de seguridad, el problema es que cualquier tecnología digital que está conectada a la red es susceptible de ser hackeada. En otras palabras, las tecnologías de las smart cities generan una serie de problemas de ciberseguridad en relación a infraestructuras urbanas.

¿Es el ciber ataque de una smart city un escenario de ciencia ficción?

Es absolutamente real. Existen varios ejemplos de infraestructuras atacadas por hackers, bien dejándolas fuera de servicio (semáforos, redes de ferrocarril, plantas de tratamiento de agua, estaciones eléctricas), robando datos (atacando sistemas de gobierno local) o el ciber secuestrando datos (de proveedores tanto públicos como privados).

 

¿Cómo se puede evitar?

Existen dos opciones reales. Por un lado se puede decidir mantener determinadas infraestructuras críticas off line o al menos crear un air gap que las mantenga aisladas de otros sistemas. Por otro, aumentar la ciber seguridad y mejorar la protección de sistemas ante ciberataques. Lo primero es difícil porque estar en red tiene ventajas obvias que incluyen el uso de información en tiempo real y el aprendizaje automático para mejorar la eficiencia, la productividad y optimizar los sistemas.

¿Permitirán las smart cities mejorar la calidad de vida de las personas que viven en ellas, y el nivel de inclusividad e igualdad en nuestra sociedad?

Sí y no. No hay duda de que la tecnología tiene un impacto positivo en nuestras vidas. Sin las salas de control de tráfico en tiempo real los coches no se moverían en la mayoría de las ciudades. nos gusta la comodidad de las diferentes tecnologías -el acceso inmediato a la información, el poder controlar nuestros movimientos sobre la marcha, poder realizar determinadas tareas de manera más fácil, acceder a plataformas de servicios etc-.

Hay que pensar activamente qué tipo de smart cities queremos y establecer ideales y poner en marcha la regulación que garantice que eso se puede lograr.

La mayoría de las personas no tendrían un smartphone ni lo utilizarían para gestionar sus vidas si no sintieran que obtienen un beneficio. Pero también tiene sus desventajas como, por ejemplo, que estamos intercambiando privacidad por comodidad. Los smartphones se usan para clasificar, segmentar socialmente, gobernar, etc. La clave es lograr un equilibrio. Intentar minimizar los efectos perniciosos y maximizar los beneficios. Eso significa pensar activamente qué tipo de smart cities queremos y poner en marcha ideales y regulación que garantice que eso se puede lograr.

¿Cómo pueden los gobiernos lograr que las smart cities promuevan valores fundamentales de una sociedad democrática, sostenible e igualitaria?

Adoptando un papel pro-activo que propulse procedimientos para garantizar que las iniciativas de las smart cities se adhieren a los principios y valores esperados. Esto significa tomar medidas como auditorías sobre el impacto de la tecnología, garantizando el cumplimiento de los protocolos establecidos. Existen un par de cosas que lo complican. Primero, hay muchos intereses compitiendo por influir en la actividad de los gobiernos.

Esto significa tomar medidas como auditorías sobre el impacto de la tecnología, garantizando el cumplimiento de los protocolos establecidos.

Mi visión de la smart city ideal no es necesariamente la que comparten negocios privados y otros actores interesados, y los gobiernos también tienen que estar a su servicio dado lo vitales que son para la economía. En segundo lugar, la política del gobierno la marcan los políticos y su ideología política, lo cual, de nuevo, impulsará su particular visión de la sociedad. Si queremos smart cities que sean democráticas, sostenibles e igualitarias tenemos que convencer a estas instituciones y a los ciudadanos/votantes de que éste es el objetivo a perseguir. Y no es fácil dado que hay otros que también intentan definir la opinión pública. A pesar de ello, éste es el desafío que se nos plantea.