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La pandemia de información según Whitney Phillips

"La ansiedad, la depresión, el pánico, el trauma: todos son amplificados por la pandemia de información COVID-19.

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Whitney Phillips es profesora de comunicación y estudios de retórica en la Universidad de Syracuse (USA). Investiga e imparte clases sobre cultura de medios, desinformación e información falsa, comunicación política y ética digital. Es la autora de varios libros entre los que figuran "You Are Here: A Field Guide for Navigating Polluted Information", escrito en colaboración con Ryan Milner.

En 2015 Phillips ganó el premio Nancy Baym de la Association of Internet Researchers 2015 con "This Is Why We Can’t Have Nice Things". Aparece con asiduidad en medios de comunicación de todo el mundo como experta en fake news y desinformación, entre otros temas.

Ha afirmado recientemente que, en la lucha contra el coronavirus, frenar los rumores es tan importante como frenar al propio virus. ¿Por qué?

Es obvio que existen importantes diferencias entre la diseminación viral en el sentido epidemiológico y la diseminación viral en términos de información.

Pero cuando la información falsa y engañosa se extiende por las redes sociales sin que haya sido contrastada, puede resultar tan dañina como el propio virus. No porque la información infecte a las personas, sino porque esa información puede afectar cómo las personas se protegen a sí mismas (o no) del virus.

Estos peligros tienen dos caras. En primer lugar, tanta información online confusa, conflictiva y sin verificar puede hacer que las personas entren en absoluto pánico, desencadenando comportamientos potencialmente dañinos. Acumular papel de wáter es un ejemplo. La misma avalancha de rumores online puede hacer que otras personas se recluyan completamente, quizás porque el estrés es demasiado o porque el ruido es demasiado. Esto hará que no tengan acceso a la información que tanto ellos como sus familias necesitan para mantenerse a salvo.

Este es precisamente el segundo peligro de la información falsa o engañosa sobre el COVID-19: la información verdadera puede quedar ahogada en un mar de rumores sin confirmar, poniendo así en riesgo al público que puede no llegar a la información que necesita, lo cual pone en riesgo la salud de toda una comunidad.

¿Qué son los rumores y por qué los compartimos?

Los rumores incluyen todo tipo de información, desde relatos de terceras personas sobre supuestas condiciones hospitalarias pasando por historias de vecinos que han caído enfermos hasta detalles sobre la asistencia del estado. Son todo aquello que oímos de otras personas, y que pueden coincidir con o acabar convirtiéndose en leyendas. Lo más peligroso de los rumores es que en ocasiones acaban siendo verdad, por lo cual, un rumor no tiene por qué ser necesariamente falso. Lo que significa es que en el momento en el que se extiende, no está verificado. Podría ser cierto, o no. Pero contribuir a su diseminación sin saberlo puede conlleva los dos riesgos que he descrito más arriba.

En cuanto a por qué las personas los comparten, las razones pueden ser maliciosas o turbias, pero, muy a menudo, y sobre todo en tiempos de crisis (Kate Starbird escribía este artículo al respecto), la gente cuenta rumores porque están intentando ayudar a sus amigos y vecinos a entender circunstancias especialmente traumáticas y confusas, sobre todo cuando se da una falta de información o ésta es difícil de encontrar (o poco fiable).

¿Es esta necesidad mayor en la sociedad digital de lo que era antes?

Las personas siempre han compartido rumores. Tal y como explica Kate Starbird (en el artículo hipervinculado), los rumores son siempre esfuerzos para una “comprensión colectiva”. Los espacios digitales hace que sea mucho más fácil que se extiendan los rumores, no sólo porque existen herramientas diseñadas especificamente para compartir, sino también otras para archivar y buscar. Antes de las redes sociales, los rumores que uno encontraba eran “sus” propios rumores, delimitados a una localización específica o a un grupo específico. Ahora, podemos localizar el rumor de cualquier persona con unos pocos clicks.

Así que, desde el punto de vista logístico, hay más rumores que filtrar online. Más allá de eso, no saber dónde se ha originado un rumor, o cuáles son las intenciones de quien lo genera (dado que, para cuadno nos llega, es posible que haya pasado por miles de manos), hace que sea muy difícil valorar la información. Así que el impulso para compartir rumores no es nuevo. Pero las consecuencias y las complicaciones, sí, desde luego.

¿Cuáles son las consecuencias de compartir información falsa?

Pueden variar mucho dependiendo de las circunstancias.

En el caso de una emergencia sanitaria pública como la pandemia del COVID-19, dichas consecuencias pueden ser nefastas, incluso mortales. Por ejemplo, la insistencia de algunos grupos en Estados Unidos de que el coronavirus es un Hoax -o que no es tan malo como todo el mundo dice en televisión- mina los esfuerzos por establecer una distancia física, que es la única opción que tenemos para aplanar la curva.

La gente que ha oído que el coronavirus no es tan malo o que sólo la gente mayor con patologías previas muere, o cualquier otra falsedad sobre el virus, es la más susceptible de continuar con comportamientos peligrosos como visitar amigos o no tomar las precauciones necesarias al ir a comprar. Esto no sólo pone a esa persona en riesgo, sino a todos los que entran en contacto con ella en los siguientes 14 días. El cuidadoso distanciamiento físico de unos puede echarse a perder por la proximidad física de otros; cualquier información que anima a las personas a correr esos riesgos representa una amenaza inmediata y grande para la salud pública.

¿Cuáles son las diferencias entre la desinformación y la información falsa o fake news?

La desinformación es información falsa compartida de manera no intencionada. Es muy diferente de las fake news, que se comparten de manera deliberada. En otras palabras, las personas que diseminan desinformación no están intentando propagar información falsa. Pero, en cualquier caso, ¡la diferencia poco importa! La información falsa se extiende independientemente de ello, y, en el peor de los casos, puede ser interceptada y convertida en un arma por personas que buscan sembrar caos y confusión.


Por eso prefiero utilizar el término de “información contaminada” más que intentar analizar las motivaciones. Lo más importante es que la información se extiende y el efecto que tiene en el terreno de la información. La pregunta más importante para mí es: “¿qué provoca esta información y por qué se ha permitido que se extendiera?”.

¿Representan las fake news una amenaza para la salud?

Está claro que, en lo relacionado con el COVID-19, la información contaminada puede llevar a una mayor diseminación del virus. Repito que la información no infecta a las personas como los virus, pero puede crear las condiciones para que el virus infecte a más personas. Además, en todo el globo hay personas atenazadas por el trauma y los problemas mentales. En muchos casos se debe a los efectos directos del virus, y a todas sus ramificaciones sociales y económicas, pero la información contaminada sobre el virus también contribuye a esos problemas mentales.

La ansiedad, la depresión, el pánico, el trauma: todos son amplificados por la infodemia del COVID-19. ¡Y todo ello puede reducir la inmunidad! Razón de más para tomarse este tema en serio; te puede hacer enfermar física y emocionalmente. 

Usted ha afirmado así mismo que un abordaje comunitario del tema podría ayudar a gestionar la actual crisis de la información. ¿Podría darnos algún detalle sobre esto?

El comunitarismo es un enfoque ético que busca garantizar la salud, la seguridad y el futuro colectivos. Este ethos está integrado en los modelos de salud pública; te lavas las manos no sólo para protegerte a ti mismo de los gérmenes, sino para evitar transmitirlos a otras personas. Desgraciadamente, el comunitarismo no está integrado en los modelos de expresión pública. Sobre todo en Estados Unidos, se pone mucho más énfasis en el derecho de una persona a decir lo que quiera cuando quiera sin censura.

Es importante proteger los derechos individuales, por supuesto, pero es igualmente importante proteger la salud del colectivo. No en vano, cuando un grupo va bien, ¡es mucho más probable que al individuo también le vaya bien! Tenemos que aplicar aquello que se da ya por sentado en el contexto de la salud pública a la información online. Cuanto más sanos sean los espacios para compartir información, más sanos estaremos como individuos, lo cual reporta a su vez en la salud general de la comunidad.

¿Podría compartir algunos consejos para distinguir la información falsa de la verdadera?

¡Esto puede resultar muy difícil! En tiempos de crisis, las historias están en constante evolución; los detalles están por confirmar y la información es, a menudo, tristemente incompleta. Aquello que parece cierto durante el desayuno puede haber sido desmentido a la hora de comer.

El consejo más importante es recordar que, aunque pensemos que estamos ayudando, eso no quiere decir que realmente lo estemos haciendo.

Todos podemos contribuir a la pandemia de información, independientemente de nuestras motivaciones. El objetivo es que nuestras comunidades online sean lo más sanas posible y la forma de hacerlo es pensar en el bienestar y la seguridad de todas aquellas personas con las que compartimos nuestros espacios. Crecemos juntos y sufrimos juntos. Nuestra relación con la información debería reflejar esas conexiones.