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Xavier Carrera, tecnología de la educación y responsabilidad digital

"¿Favorece la tecnología una visión mercantilista de la educación, especialmente de la universitaria?"

Tags: 'COMPETECS' 'responsabilidad digital' 'Tecnologías de la educación' 'Universitat de Lleida' 'Xavier Carrera Farràn'

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Xavier Carrera Farràn es un experto en tecnología educativa y en el desarrollo de competencia digital docente. Es diplomado en magisterio de educación primaria, licenciado en filosofía y ciencias de la educación y doctor en psicopedagogía. Da clases en la Universitat de Lleida y es coordinador de COMPETECS, uno de los grupos de investigación más importantes de Cataluña en el sector de educación y tecnología.

¿En qué consiste su trabajo?

Soy especialista en Tecnología Educativa, en metodologías activas de aprendizaje y en la formación basada en competencias. Como profesor universitario despliego mi actividad profesional como docente e investigador. Mi actividad docente se centra en la formación inicial de maestros en el desarrollo de su Competencia Digital Docente (estudios de grado) y en la especialización de educadores, profesorado y formadores de formación continua en la adopción de tecnologías digitales (estudios de máster oficial). Además coordino el grupo de investigación COMPETECS  y también coordino en la Universidad de Lleida el Máster Oficial Interuniversitario en Tecnología Educativa.

¿Cuáles son las principales tecnologías que se utilizan hoy en día en las aulas, y por qué?

Hay un uso muy desigual de las tecnologías digitales en las aulas dentro del sistema educativo y, si bien cada vez está más extendido, no puede hablarse aún de un uso generalizado y apropiado de estas tecnologías.

De hecho persiste profesorado que nunca hace uso de las tecnologías frente a otros docentes que articulan toda su acción formadora a partir de su utilización. Esta diversidad de actuaciones se da en todas las etapas y niveles educativos (desde la educación infantil a los estudios universitarios, incluyendo la formación profesional).

Los ordenadores junto con los proyectores multimedia y las pizarras digitales son equipos habituales en las aulas. También lo son cada vez más las tabletas digitales y los ordenadores portátiles, especialmente interesantes para actividades centradas en el desarrollo de competencias y no sólo en la adquisición de contenidos. En cuanto a las aplicaciones, además de los programas ofimáticos tradicionales, cada vez se recurre más al uso de apps (tanto de las que son creadas con una finalidad educativa como de otras más generalistas), de aplicaciones en red y de productos multimedia elaborados por empresas o creados por el propio profesorado. La extensión de plataformas virtuales (LMS-Learning management system) ha ido cobrando protagonismo, aunque en muchas ocasiones se utilizan casi exclusivamente como repositorio de archivos.

En cambio, los videojuegos, la realidad aumentada y virtual –todas ellas tecnologías con un gran potencial educativo- tienen una presencia testimonial en las aulas. Y, por el contrario, el interés y la presencia de la robótica en colegios e institutos sigue incrementándose año tras año.

La afirmación de que tecnología es progreso, ¿aplica también al campo de la educación?

En parte sí, aunque lo cierto es que los cambios en educación provocados por la innovación tecnológica no son inmediatos y en ocasiones se ha intentado incorporar tecnologías a la educación con pésimos resultados.

De todos modos, internet y las redes sociales sí que están propiciando cambios importantes en la educación provocando –en algunos casos- transformaciones de calado. Alguna de ellas disruptivas, como es la formación en línea masiva y gratuita a través de cursos MOOC (Massive Open Online Course) que dan acceso a contenidos temáticos de calidad a millones de personas. El incremento de las universidades cien por cien virtuales es otro cambio que está facilitando el acceso a la educación superior de perfiles muy diversos de estudiantes. Las redes sociales junto con aplicaciones de trabajo colaborativo en red también están cada vez más presentes en actividades de aprendizaje. Ello permite la realización de tareas y proyectos conjuntos entre estudiantes de diversos centros educativos y facilita las interacciones y los intercambios entre alumnos de un mismo centro escolar.

Pero quizás el mayor impacto, desde la generalización de internet, ha sido la universalización de la información y el acceso inmediato a la misma.

Ello ha provocado que pierdan sentido los currículums centrados en contenidos conceptuales y se centren cada vez más –con el empuje de la UNESCO, OCDE, Comisión Europea y otros organismos internacionales- en el desarrollo de competencias.

¿Cuáles son las principales cuestiones éticas vinculadas con el uso de esta tecnología?

Estas son algunas de las preguntas que nos seguimos planteando. ¿Hasta qué punto las tecnologías son sinónimo de calidad educativa y mejoran la calidad de la educación? ¿Incorporar las tecnologías digitales a la educación supone avanzar en la homogenización cultural? ¿La tecnología no acaba favoreciendo una visión mercantilista de la educación, especialmente de la universitaria?  ¿Los nuevos escenarios de formación que generan las tecnologías transforman realmente los procesos de enseñanza y aprendizaje? ¿Hasta qué punto la incorporación de robots en los procesos educativos puede suponer la despersonalización de la educación?  ¿Deben  establecerse límites en la incorporación de las tecnologías digitales en la educación? ¿Cuáles deberían ser y porqué? 

¿Cómo está afectando la tecnología a la noción de la privacidad, la responsabilidad de los propios actos y la vulnerabilidad de los otros?

Cualquier persona mínimamente observadora de la realidad puede percibir –haciendo un seguimiento crítico de la información que le llega por multiplicidad de canales y medios- que la afectación es absoluta, sobretodo en la privacidad.   

La privacidad en una sociedad conectada resulta cada vez más compleja de gestionar y preservar por uno mismo. Por ello es imprescindible la intervención ágil y permanente de los gobiernos y estados mediante regulaciones legislativas que protejan a la ciudadanía frente a los abusos de las empresas y de actos delictivos. 

Otra cuestión bien distinta está en la responsabilidad del usuario, ciudadano digital. En este punto de nuevo estamos, ante todo, frente a una cuestión de valores, especialmente del de responsabilidad y del de respeto. Ambos deben formar parte del bagaje axiológico del usuario digital como persona. El reto, su reto, consiste en trasladar dicho bagaje a los actos que realiza en la red, ya sean en interacciones personales, comunicaciones en grupos más o menos extensos o en publicaciones abiertas.  

¿Qué otros problemas acarrean estas cuestiones éticas en la vida y la formación de los estudiantes?

El primero de dichos problemas está en el acceso, selectivo y crítico, a la información, de modo que no todo vale ni todo aquello que el buscador nos sitúa en primer lugar es siempre relevante y veraz. Una segunda problemática está en qué contenidos produce el estudiante, cómo lo hace y cuáles son los medios que utiliza para publicarlos y compartirlos. Y no me refiero sólo a contenidos académicos, que también, sino a la ingente producción –con gran profusión de imágenes y vídeos- que cualquier joven, adolescente o niño genera al cabo del día.  

También preocupa, como evidencia el aumento de herramientas de detección existentes, el plagio, ya sea académico o realizado en otros contextos y con otras finalidades.

El plagio pone en evidencia aquellos valores que uno realmente posee, o está construyendo, y en ocasiones se percibe cierta permisividad con esta práctica que nos aleja de la honestidad y del reconocimiento de la autoría y de la propiedad intelectual.  

Aunque seguramente un problema especialmente preocupante, por las consecuencias que tiene en las personas que lo sufren, es el ciberacoso que en cualquiera de sus modalidades amplifica –en cuanto se produce en cualquier momento del día y sin necesidad de presencia directa- el acoso escolar.    

¿En qué consiste la responsabilidad tecnológica y cómo se puede fomentar?

Comparto plenamente la tesis planteada por Hans Jonas hace ya cuarenta años sobre que el principio de responsabilidad debe regir las acciones tecnológicas en cuanto: (a) la responsabilidad es algo que va más allá de la responsabilidad legal y formal, pues enlaza con otros valores y principios morales; (b) cualquier persona es responsable de sus actos y de las consecuencias de sus actos y (c) antes de actuar uno debe siempre anticiparse al acto y prever los efectos que van a tener sus acciones.  

Fomentar la responsabilidad, como valor humano y no sólo asociado al uso de la tecnología, requiere trabajar desde la infancia con la observación crítica y reflexiva de lo que uno hace (con y sin tecnología) y habituar a niñas y niños a razonar el porqué de los actos que uno realiza (qué los motiva, qué se espera con ellos). Y también, y de forma progresiva, anticipando aquello que puede suponer realizar un acto determinado, ya sea para uno mismo y  para las personas más cercanas, pero también calibrando las consecuencias en terceros y en el planeta. Sólo desde un profundo respeto a uno mismo, a los demás y a la naturaleza la responsabilidad tecnológica puede materializarse.  

¿Qué medidas deberían tomar los gobiernos para que el sistema educativo garantice  la plena inserción del alumnado en la sociedad digital?

En este momento el punto de partida debe ser el Marco Europeo de Competencias Digitales para los Ciudadanos (DigComp 2.0) como referente para definir la competencia digital que debe haber adquirido cualquier joven al finalizar la educación obligatoria y establecer niveles de logro en etapas educativas posteriores.

Y, en el caso del profesorado, el referente es el Marco Europeo para la competencia digital del profesorado (DigCompEdu) establecido también por la Comisión Europea. Pero no basta contemplar, como ya se está haciendo, ambos marcos sino que resulta imprescindible que los responsables gubernamentales doten con los recursos económicos necesarios para que las administraciones educativas puedan desplegar acciones específicas suficientes a corto y medio plazo para que el profesorado alcance un nivel medio o avanzado en su competencia digital docente que le permita fomentar la competencia digital de los alumnos, sea cuál sea la etapa educativa en que estos se encuentren.  

Otra medida que resulta imprescindible y complementaria a la anterior -para disminuir  y llegar a eliminar la brecha digital existente a la que me refería antes- consiste en ampliar el número y el alcance de los programas específicos destinados a todos aquellos colectivos (entre los que se encuentran niñas y niños en situación de riesgo y vulnerabilidad social) que presentan carencias, problemáticas y déficits profundos y contrastados en su competencia digital, hecho que los sitúa en una posición desfavorable para alcanzar una integración plena a nivel social y laboral.  

Asimismo es necesario estudiar los logros y el impacto de los programas y las iniciativas que se desarrollen, y de aquellas que ya se están implementando, como forma de corroborar sus resultados y su validez. Ello ha de facilitar, además, la toma de decisiones que los mejoren de acuerdo con los resultados obtenidos y con las nuevas necesidades surgidas de la propia transformación tecnológica y educativa.